miércoles, junio 12

¿Quieres bajar de peso y mantenerlo a largo plazo? No solo hagas dieta, has un cambio de hábitos


La búsqueda del Santo Grial de la salud pasa por la pérdida de peso a largo plazo. Es lo que todo el mundo quiere y lo que pocos consiguen. Dietas, estrategias, soluciones milagrosas... muchos formatos tratan de obtener los mismos objetivos con resultados variables o escasos.
Si nos centramos en dos estrategias concretas, una es el clásico uso de las dietas restrictivas, que son pautas concretas para reducir el aporte calórico en las ingestas. La otra es un cambio de hábitos, a largo plazo, y la educación nutricional. ¿Qué diferencias existen? ¿Por qué una es más útil y eficaz que la otra? ¿Por qué es necesario unificarlas?

Dieta o hábito, ¿en qué se diferencian?
Las dietas restrictivas consisten en diseñar un plan dietético que reduzca los aportes nutricionales de macronutrientes, para aminorar el aporte calórico en cada ingesta. Esto lo hace restringiendo los alimentos y las cantidades en un patrón exacto de comidas. Entre las dietas restrictivas, las hay diseñadas por expertos y otras conocidas como dietas milagro.
Aunque ambas son restrictivas, una dieta diseñada por un profesional nutricionista está ajustada a cada persona de manera concreta e intransferible. El papel de este tipo de dietas consiste en restringir el aporte calórico sin que esto tenga un impacto en el resto de nutrientes. Por el contrario, las dietas milagro reducen el aporte nutricional sin ningún tipo de contemplación o reparo, por lo que no solo limitan el aporte calórico, sino que no atienden a las necesidades nutricionales de las personas.

Por el contrario, un cambio de hábito, supone una variación en las costumbres nutricionales y vitales. Para ello es imprescindible educarnos en nutrición y en las consecuencias que tiene la comida y la actividad física en nuestra vida. Con estos conocimientos podemos acceder a cambiar, paulatinamente, nuestros hábitos. Una dieta es una estrategia temporal, aunque podamos alargarla en el tiempo.
Los hábitos son comportamientos repetidos regularmente. Esto significa que hay que generar cambios a largo plazo. Cambios que tienen un impacto tanto fisiológico como psicológico y etológico (de comportamiento), por supuesto. A su vez, estos influyen en nuestra salud. Como todo lo que ocurre con nuestra vida, las grandes variaciones requieren de periodos largos de tiempo. Un mes o dos no son periodos largos, ni mucho menos, para nuestro cuerpo.

Funcionar o no funcionar, esa es la cuestión
Si usamos una dieta restrictiva, sin duda, perderemos peso en poco tiempo. Es más, puede que mantengamos parte de esta reducción con el tiempo. Esto se debe a que en un proceso de dieta suele haber una educación nutricional que varía nuestros hábitos. Pero, si volvemos por completo a los hábitos nutricionales anteriores, es 100% seguro que recuperaremos el peso perdido. Esto que hemos resumido en un solo párrafo, podemos explicarlo por cuestiones fundamentales:

Mientras que la dieta es un patrón que llevamos durante cierto tiempo, que puede ser mucho o poco, siempre tiene una fecha de expiración. Por el contrario, el cambio de hábitos funcionará durante un periodo muy, muy largo (o para siempre). Aprender a comer bien y hacerlo por hábito es algo que dura en el tiempo y nos ayuda a conservar la pérdida de peso. ¿Y si convertimos una dieta en algo perenne? Entonces, sencillamente, la habremos convertido en un hábito.

El metabolismo
Aunque perdamos algo de peso en poquísimo tiempo, nuestro metabolismo no varía en solo unas semanas o en un mes. Necesita de mucho tiempo para adaptarse y cambiar. Es parte de nuestro sistema homeostático de supervivencia. Por tanto, una dieta podrá ayudarnos a no ingerir demasiadas kilocalorías, pero por sí misma no ayudará a cambiar el motor central que dirige la gestión de energía de nuestro cuerpo y obtendremos, como resultado, un efecto rebote.

Una dieta consiste en una tarea clara y concisa, ordenada. "Hoy la comida incluye tal o cual, y ese grupo de alimentos están prohibidos", etc. El cambio de hábitos no es tan conciso (aunque puede planificarse) y consiste en adquirir una educación nutricional que nos permita escoger mejor los alimentos.



miércoles, marzo 6

COMER EMOCIONAL


Nos referimos a Comer Emocional cuando no se come por hambre sino para obtener algún tipo de beneficio o de alivio a corto plazo.
Es decir, cuando se utiliza la comida como modo de evitar o manejar las emociones o estados de ánimo habitualmente desagradables.

    Si estoy enfadado, COMO.
    Cuando estoy triste, COMO.
    Si estoy aburrido, COMO.
    Cuando estoy feliz, COMO.

¿Cómo aprendemos a comer emocionalmente?
Desde pequeños aprendemos a asociar la comida a momentos de placer y a emociones positivas que perduran hasta hoy día. Además de calmar la incómoda sensación de hambre, nos recuerda a celebraciones, a momentos especiales, a la familia, a los amigos, a premios.
En un momento dado, la persona descubre que comer la tranquiliza, la consuela, la ayuda en un momento de malestar, le alivia el dolor, la preocupación, la intranquilidad.
Simplemente descubre que comer le ayuda a sentirse mejor cuando se siente mal.
Así aprende que puede recurrir a la comida para hacer desaparecer momentáneamente el malestar que le producen ciertas emociones como el miedo, el enfado, la tristeza, la frustración, la soledad y el estrés en general.
Muchas veces, se eligen alimentos relacionados con la propia historia emocional.
Si asociamos la leche con galletas a un momento de placer y calma, a la familia, a mamá, al afecto, probablemente busquemos estos alimentos en momentos de necesidad afectiva.
Sin olvidar, que hay algunos alimentos que por su propia naturaleza hacen que nos encontremos mejor, como los hidratos de carbono de absorción rápida o el chocolate, que tienen una repercusión en nuestro estado de ánimo gracias a que facilitan la secreción de algunas hormonas: serotonina, dopamina.

Comer emocionalmente no es un trastorno en sí mismo.
Todos podemos comer emocionalmente en algún momento, eso no es un problema ni indica la presencia de un trastorno. Quien no ha dicho alguna vez: ¡estoy de bajón, me voy a por un helado!
El problema surge cuando se convierte en la manera habitual de afrontar el malestar provocado por ciertas emociones, situaciones, conflictos o incluso, por decisiones que nos cuesta tomar.
Es decir, cuando se utiliza la comida prácticamente como única estrategia de afrontamiento frente a aquello que no se puede o no se sabe manejar de otra manera.

Gestión emocional
En este punto nos encontramos con una gestión emocional deficiente.
Desafortunadamente, no nos enseñan a tener una buena gestión emocional. Se nos dice que llorar es malo, que no tenemos que estar enfadados, que no debemos mostrar nuestras debilidades, como el miedo o la tristeza. El resultado es que no sabemos qué hacer con ellas, no sabemos afrontarlas ni gestionarlas, nos sentimos culpables incluso por sentirlas, las rechazamos, las intentamos controlar, las criticamos en nosotros mismos y en los demás.

Necesitamos aliviar de alguna manera la tensión emocional, y lo hacemos comiendo. Mientras comemos, no pensamos, no sentimos ni hacemos nada más. Es como si el tiempo se parara y todo lo demás quedara en segundo plano.



Fuente: http://centrotiban.es/238-2